Estábamos en el toldo en la playa conversando, riéndonos; algunos parados, otros sentados, otros echados, todos en ropa de baño, hombres y mujeres, todos amigos, “amigos de Bujama”. Teníamos entre 15 y 17 años, estábamos de vacaciones de verano en una de esas mañanas calurosas en que nos íbamos preparando para jugar vóley; era cuestión de que se completasen los equipos. Esperábamos que los jugadores saliesen de sus casas. El punto de reunión era el toldo en la orilla de la playa. Entre ellos estaban Ulises Vizcardo (Cuchurra) y Oscar Roca.
Mientras los cigarrillos matutinos se prendían a escondidas, a lo lejos veíamos como un personaje, al que no reconocíamos, nos hacía señas con las manos. Al comienzo no le hicimos caso, estaba en la orilla a unos metros de las peñas, y el mar estaba totalmente calmo, parecía una laguna, el agua no le llegaba a las rodillas y aparentemente nadie lo conocía. Sin embargo, los tímidos ademanes iniciales se comenzaron a convertir en ademanes acompañados con cierto grado de desesperación, desesperación que fue in crecendo que lo obligó a balbucear ciertas palabras que se las llevaba el viento. Lo curioso era que no se movía del sitio, estaba petrificado.
De pronto alguien del grupo se percata de su desesperación. Su lenguaje corporal denotaba algún tipo de problema: Oye, ... ¿ qué le pasa a ese ?, , ¿alguien lo conoce? ¿qué dice? ¿quién es ese? Mientras nos hacíamos toda clase de interrogantes y viéndolo entrar en el preámbulo del pánico, ya nos íbamos a levantar, cuando llegamos a escuchar “Jovin Uscar, ...Auxilio, ... Auxilio jovin Uscar¡ ¡colibra!” y como tal resorte Cuchurra y Oscar salen raudos y veloces a “salvar” a nuestro desconocido personaje, que seguía petrificado en la calma orilla a unos metros de las peñas, sin moverse.
Eran los gritos desaforados del mayordomo de los Roca, cuzqueño recién bajado, que ese día veía por primera vez el mar, y con gran entusiasmo y con ropa de baño recién comprada para la ocasión, se había aventurado al mar siguiendo las instrucciones de Carmela, la señora de la casa: “Quédate en la orilla, no te metas adentro que te puedes ahogar, y para mayor seguridad, no salgas de las rocas que allí siempre tendrás piso” le había aconsejado.
Ya a pocos metros del asustado mayordomo, Oscar y Cuchurra aún no entendían qué le pasaba, aunque reconocían que el hombre estaba en pánico. “Colibra jovin Uscar” repetía el pobre mayordomo señalando al agua, ¿Culebra? preguntaba Oscar sin entender, y sin mayor espera, Cuchurra mete la mano dentro del agua y descubre como prendido en la pierna del mayordomo se encontraba cual pulpo, que ante la acción de Cuchurra se desprende de la pierna para treparse al brazo salvador de Cuchurra, dejándolo libre.
Para ese entonces, ya todos nos habíamos acercado a presenciar lo que pasaba y ante el alboroto que se hizo aparecieron algunas de las señoras tempraneras para poner orden y hacer valer su autoridad, entre las que se encontraba Mimí la Rosa, entusiasta mamá que le encantaban los mariscos.
Al ver a Cuchurra con el pulpo prendido en su hombro, saliendo del mar con toda parcimonia, entendimos el susto que se había llevado el pobre serrano en su primera incursión en el mar.
Mientras Cuchurra se desprendía del pulpo en la playa, el tumulto fue incrementándose pasando de la sorpresa a la risa y al festejo. Cuchurra había salvado al mayordomo de los Roca del ataque de una “colibra” marina, el pulpo. Y mientras el mayordomo poco a poco recuperaba su color y recibía toda clase de aclaraciones y confirmaciones, vimos como Mimí desaparecía y con Mimí, el pulpo.
Lima, 30 de abril de 2005